Y llegó el nuevo milenio (aunque oficialmente fue un año más tarde, cosa que la mayoría ignora) y con ello el fin de los terribles 90, para el metal clásico, al menos. ¿Qué nos trajo el entonces temido “efecto 2000” al mundo del heavy metal? Para variar, buenas noticias. Dos, particularmente. Por un lado, Bruce Dickinson, el hijo pródigo huido en 1993, había vuelto al seno de Iron Maiden y triunfado en su gira de reunión en 1999, de la que, afortunadamente, pude ser testigo. Seis años de separación y mutuos desplantes fueron necesarios para que comprendieran cuánto se necesitaban los unos a los otros. Por otro lado, un recién salido del armario Rob Halford, dejaba sus escarceos industriales con Trent Reznor y seguía los pasos de Bruce Dickinson en su camino de retorno al heavy, allanando de paso el terreno para Judas Priest. Y no fueron los únicos, el heavy metal estaba de vuelta, aunque poco a poco. Por otro lado, el black metal perdía fuelle y estaba en etapa de reconversión hacia otra cosa. La indefinición en las filas extremas continuaba...


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